Estoy en un bar. Espero. Un código QR me llama desde un azucarillo. Marketing de Contenidos. Comunidad digital. Branding 2.0. No llevo libro. No llevo el periódico. Saco mi lector de QR y me lanzo a desvelar el misterio. Sé que no soy la única tecky aburrida del universo. “Así se elabora un expreso perfecto Tacilla!”. Los iconos de las redes sociales me miran desde el margen del sobrecito. Leches, si me gusta y comparto, no tendré de dónde sacar el usuario de Twitter. Con lo poco que me gustar saltarme las citas!! Grrrr… Tendré que salir de la pantalla, me digo, se me borrará el acceso a mi aplicación gratuita. Tanto cuesta un @cafetacilla en lugar del dibujo?? Grrrr… Da igual, no me importa. Si lo están haciendo bien, hago el esfuerzo.

Mi móvil me redirige a un blog y mi deformación profesional no puede evitar intentar intuirle la plantilla… Mmmm… Videorecetas. Texto. Mmmmm… Qué bueno todo para el SEO… Qué bien. Entonces me da por leer y caigo en lo que no caí al principio: en que estoy en un bar de barrio con una enorme máquina de café donde se procesa el Café Tacilla, es decir, que ese expreso perfecto jamás lo voy a elaborar yo. Clico en el video. Youtube, que bien. Y, aunque no puedo apenas escuchar porque suena el informativo en la tele sobre la gigante máquina de expreso, veo con claridad al perfectamente grabado profesional de la hostelería elaborando, perfectamente, un perfecto Café Tacilla. Entonces, ya indignada, me pregunto: ¿pero quién creen que abre los azucarillos?? ¿Quién intenta amenizar con un código QR la espera en un bar?? Quién tiene tiempo de caer en las acciones varias del content marketing, en los trucos de fidelización de comunidad y contenido de marca?? Pues yo. Una clienta friki que hoy se ha olvidado su libro, el periódico, la tableta. Alguien que, difícilmente, se pondrá detrás de la barra a elaborar un expreso por muy perfecto que sea el video con el que, presumiblemente, me van a enseñar a hacerlo.

Ya indignada, recuerdo esa premisa que los gurús del Online, los de verdad, repiten hasta la saciedad: el marketing digital no es más que el marketing de siempre, el sentido común de siempre, con otras reglas revolucionarias, potentísimas, nuevas. De qué te vale tener el mejor copy online del mundo, el blog más chulo, el canal de video más optimizado, si nadie te ha dicho que tu marketing de contenidos ha de conocer y estar optimizado para su público objetivo, para cada uno de sus públicos objetivos. Que si tienes un código QR en el azucarillo de una cafetería no puedes redirigirlo a tutoriales de máquinas de café profesionales sino a artículos moñas sobre cultura del café, historia corporativa, descuentos o concursos de relatos. Que la comunicación interna y la formación corporativa tienen estupendos canales de crecimiento utilizando el marketing online pero que son otra cosa, que es mejor no mezclar churras con merinas. En definitiva, que el sentido común, el saber hacer del marketing de toda la vida, cuenta, cuenta más que nunca en este loco mundo de redes sociales de colores y, probablemente, demasiadas opciones y fuegos de artificio donde elegir. Escribo todo esto frenética, en el minúsculo teclado de mi iPhone S4 porque el cinco siempre me pareció innecesario, y sé que soy un poco -ok, bastante- injusta. Reviso la estrategia de la marca y sé que un profesional o una agencia está detrás de este brand content con más dioptrías que yo. Que hay una intención, una voluntad de hacer las cosas bien.

Cuando pago el café, me llevo el azucarillo sobrante en el bolsillo -como siempre, lo confieso-, con esa sensación de agridulce de a quien que le gustaría poder avisar sin que te tilden de bocazas, pesada o metida. Horas después, en el metro, lo releo. Esta vez me invita a descubrir “Cómo elaborar un café helado Tacilla“. Me reencuentro con el blog flamante cuya plantilla creo que ya identifico y el video que mataría por ver más de un camarero. Buff. No puedo evitarlo: para granizados estoy yo con el frío de esta mañana… Estacionalidad, ¿para qué te quiero? De acuerdo, lo reconozco, soy una puñetera.Estoy en un bar. Espero. Un código QR me llama desde un azucarillo. Marketing Online. Comunidad digital. Branding. No llevo libro. No llevo el periódico. Saco mi lector de QR y me lanzo a desvelar el misterio. Sé que no soy la única tecky aburrida del universo. “Así se elabora un expreso perfecto Tacilla!”. Los iconos de las redes sociales me miran desde el margen del sobrecito. Leches, si me gusta y comparto, no tendré de dónde sacar el usuario de Twitter. Con lo poco que me gustar saltarme las citas!! Grrrr… Tendré que salir de la pantalla, me digo, se me borrará el acceso a mi aplicación gratuita. Tanto cuesta un @cafetacilla en lugar del dibujo?? Grrrr… Da igual, no me importa. Si lo están haciendo bien, hago el esfuerzo. Mi móvil me redirige a un blog y mi deformación profesional no puede evitar intentar intuirle la plantilla… Mmmm… Videorecetas. Texto. Mmmmm… Qué bueno todo para el SEO… Qué bien. Entonces me da por leer y caigo en lo que no caí al principio: en que estoy en un bar de barrio con una enorme máquina de café donde se procesa el café Tacilla, es decir, que ese expreso perfecto jamás lo voy a elaborar yo. Clico en el video. Youtube, que bien. Y, aunque no puedo apenas escuchar porque suena el informativo en la tele encima de la gigante máquina de expreso, veo con claridad al perfectamente grabado profesional de la hostelería elaborando, perfectamente, un perfecto café Tacilla. Entonces, algo hundida, me pregunto: pero quién creen que abre los azucarillos?? Quién intenta amenizar con un código QR la espera en un bar?? Quién tiene tiempo de caer en las acciones varias de fidelización de comunidad y contenido de marca?? Pues yo. Una clienta friki que hoy se ha olvidado su libro, el periódico, la tableta. Alguien que, difícilmente, se pondrá detrás de la barra a elaborar un expreso por muy perfecto que sea el video con el que, presumiblemente, me van a enseñar a hacerlo.
Entonces recuerdo esa premisa que los gurus del Online, los de verdad, repiten hasta la saciedad: esto no es más que el marketing de siempre, el sentido común de siempre, con otras reglas revolucionarias, potentísimas, nuevas. De qué te vale tener el mejor copy online del mundo, el blog más chulo, el canal de video más optimizado, si nadie te ha dicho que tu marketing de contenidos ha de conocer y estar optimizado para su público objetivo, para cada uno de sus públicos objetivos. Que si tienes un QR en el azucarillo de una cafetería no puedes redirigirlo a tutoriales de máquinas de café profesionales sino a artículos moñas sobre cultura del café, historia corporativa, descuentos o concursos de relatos. Que la comunicación interna y la formación corporativa tienen estupendos canales de crecimiento utilizando el marketing digital pero que son otra cosa, que es mejor no mezclar churras con merinas. Que el sentido común, el saber hacer del marketing de toda la vida, también cuenta, cuenta más que nunca en este loco mundo de redes sociales de colores y, probablemente, demasiadas opciones y fuegos de artificio donde elegir. Escribo todo esto frenética, en el minúsculo teclado de mi iPhone S4 porque el cinco siempre me pareció innecesario, y sé que soy un poco -ok, bastante- injusta. Reviso la estrategia de la marca y sé que un profesional o una agencia está detrás de este brand content con más dioptrías que yo. Que hay una intención, una voluntad de hacer las cosas bien. Cuando pago el café, me llevo el azucarillo en el bolsillo -como siempre, confieso-, con esa sensación de impotencia de a quien que le gustaría poder avisar sin que te tilden de bocazas, pesada o metida. Horas después, en el metro, lo releo. Esta vez me invita a descubrir “cómo elaborar un café helado Tacilla”. Vuelvo al blog flamante cuya plantilla creo que ya identifico y al video profesional. Buff, para granizados estoy yo con el frío con el que hemos amanecido esta mañana…. De acuerdo, lo reconozco, soy una puñetera.